miércoles 1 de julio de 2009
En la España de hace más de trescientos años la mujer estaba relegada a tres papeles: “madre, monja o prostituta”. Además, tanto si quería casarse como entrar en un convento, lo esencial era que contase con una dote para poder hacerlo. La justicia tampoco estaba de su parte: las condenas eran bastante más severas que las que se imponían a los hombres y por si fuera poco, el testimonio femenino ante un asesinato o un hurto equivalía al de un niño y no se le daba, ni mucho menos, el mismo peso que cuando el testigo era un hombre.Según textos de la época, las cárceles eran “paraderos de malhechores, asilos de prostitutas y vertederos de basuras” donde iban a parar los hombres de mala vida de la Corte. “Las cárceles de antes eran de cachondeo; muchas no tenían ni rejas. La gente entraba y salía como Perico por su casa”, comentó Gómez Vozmediano, que relató muchas más curiosidades, como que los campesinos no podían ser encarcelados por deudas porque entonces no podrían pagarlas, o que las puertas de las cárceles no cerraban ni de día ni de noche.
Según consta en los archivos municipales, Valdemoro contó con cárcel pública a partir de 1577. Pero antes de aquella fecha, ¿adónde iban a parar los acusados? Gómez Vozmediano lo explicó: “Se utilizaba la casa de un particular que tuviera unas rejas medio buenas donde fuera imposible escaparse o bien una casa de las mujeres de mayor edad de la localidad”. Las cárceles estaban colocadas en lugares céntricos de las ciudades, ya que a los presos se les soltaba, con grilletes, para que mendigasen cerca de los mercados, donde podían ganarse el sustento diario.
En la conferencia también hubo tiempo para hablar del bandolerismo en la Edad Moderna. Los bosques eran los sitios preferidos por los bandidos para cometer sus fechorías. La mayoría de los asaltos se producían alrededor de las ciudades y caminos reales. Valdemoro era un lugar de descanso en el camino hacia el Palacio Real de Aranjuez y también una de las localizaciones preferidas por los bandoleros, que asaltaban las carretas que regresaban de vender aguardiente, el producto que más importaba la villa valdemoreña en el siglo XVII.‘Cabeza Gorda’, ‘Fernandillo’, ‘El Rey de los Hombres’ o ‘El Destroza Braguetas’ son sólo algunos de los apodos por los que se conocían a estos salteadores de caminos, temidos por su mala fama de ladrones, asesinos y violadores.
Puzzle jurisdiccional
En la Edad Moderna la jurisdicción también era una fuente de enfrentamientos entre las villas y sus lugares. Los conflictos de competencias estaban a la orden del día. “En esta época no se puede hablar de justicia sino de justicias”, aseguró Miguel F. Gómez Vozmediano. “Existían hasta ocho jurisdicciones diferentes para juzgar, por ejemplo, un asesinato en la villa de Valdemoro”. En la mayoría de los casos, se producían problemas porque los límites jurisdiccionales estaban mal definidos y muchas veces eran ignorados. Tampoco existían normas que delimitasen las competencias de cada organismo y pese a la infinidad de leyes promulgadas, éstas no se cumplían.
Ser nombrada villa era muy importante porque daba prestigio al lugar. Vivir en una villa como la de Valdemoro garantizaba, entre otros privilegios, que los alcaldes fueran elegidos entre los vecinos de la localidad. Eso sí, el sistema de elección era al azar: se ponían dos cántaros, en uno los que eran de origen noble y en otro cántaro se ponían los nombres de los demás habitantes que pagasen sus impuestos. La mano inocente de un niño sacaba el nombre del ganador.
La importancia que se le daba a la vida en aquella época era muy distinta de la que se le da hoy en la sociedad actual. “Antes la muerte rondaba a diario a los niños y ancianos y estaba tan presente que el morir o el vivir no era algo realmente importante. Lo importante era la salvación eterna”, afirmó el conferenciante. “Por eso los hospitales tenían muchos más capellanes o sacerdotes que médicos, y para lo buenos que eran los médicos, pues casi mejor”.
En una hora y diez minutos pasaron por nuestra imaginación tres siglos, los que comprenden la Edad Moderna. A través de estas pinceladas, Gómez Vozmediano presentó una época llena de defectos, pero también repleta de virtudes. “Es la cara y la cruz de una sociedad que lo mismo se denomina Siglo de Oro desde las ciencias y las artes, pero que desde el punto de vista social se puede hablar más de bronce que de oro”, concluyó.












